Hablando y haciendo

A lo largo del proceso histórico dentro de la política latinoamericana, el discurso ha tenido un lugar preponderante en las diferentes realidades, es decir, las palabras que se escuchan bien, pero que en algunas ocasiones solo quedan en eso, en párrafos maquillados y llenos de emociones y aplausos que solo permanecen en el papel, sin reflejarse en la realidad de los gobernados de forma positiva.

Cabe resaltar, no es que un servidor esté en contra del discurso, al contrario, es una herramienta útil que embellece, que ha dejado grandes obras, momentos y escenarios que están en el imaginario y acervo histórico del mundo. Mi análisis va en torno a la congruencia y nivel de contraste entre lo que se dice y lo que se ha hecho, es decir el pragmatismo de las palabras.

La combinación entre el protocolo presidencialista mexicano y el factor del discurso latinoamericano ha hecho que nuestro país sea cuna de extensos discursos, muchos de ellos con horas de duración, rodeados de aplausos y televisados para millones. Pero, ¿realmente se puede sostener un gobernante de discurso carente de acción?

En experiencias como la anglosajona, el factor pragmático ha sido clave para la realización de las políticas públicas de los diferentes países, claro esto no significa que no existan discursos y buenos oradores, sin irme muy lejos, el claro ejemplo de Winston Churchill, uno de los hombres clave en la toma de decisiones y acciones, teniendo esta repercusión directa en el rumbo y desenlace que la Segunda Guerra Mundial tuvo a favor de la humanidad entera. Al mismo tiempo, Churchill era un maestro del discurso, trasmitía sentimientos, pero también la valentía y pragmatismo necesario que en gran parte mantuvo a los británicos de pie y con fuerza para poder seguir en la ardua y difícil pelea.

Del lado estadounidense, personajes como Ronald Reagan, figura clave para entender la dinámica que se dio durante la Guerra Fría, hombre pragmático, que tomó decisiones y acciones vitales, pero que también decoró con palabras una ideología que tomaba auge en diversas regiones y zonas del mundo.

Por otro lado, tenemos casos como los latinoamericanos donde el discurso toma un grado de importancia exacerbada, ejemplos como el Fidel Castro, quien en 1988 dio un discurso de casi ocho horas de duración en el Parlamento Cubano, o el de Hugo Chávez, en su discurso presidencial de enero de 2012, el cual tuvo una duración de diez horas continuas, teniendo estos un verdadero contraste entre lo que se declaraba y lo que se veía en las calles.

En el caso de México, el informe presidencial ha sido momento cúspide para la admiración presidencial y el verdadero protocolo de las palabras. Abelardo L. Rodríguez, profirió el resumen administrativo más largo en la historia, durando siete horas con treinta y cinco minutos. Como parte del momento, las interrupciones por aplausos han sido características de estos eventos, donde José López Portillo ha sido el mandatario mexicano más ovacionado con 40 interrupciones durante su Sexto Informe de Gobierno.

Sin duda alguna, este factor se veía reflejado en sus respectivas sociedades, las cuales por medio de los medios de comunicación se sentían conformes y satisfechas con escuchar la lista de logros que el mandatario pronunciaba, creando aquí la diferencia cultural de la manera y concepto que las naciones tienen de las clases políticas de sus países, así como de la percepción del trabajo político.

Cabe destacar que sin discurso no hay política, pero sin acción no hay resultados positivos palpables que puedan sostenerlo de manera sólida y coherente ante su población y más aún ante la comunidad internacional informada e interconectada del mundo actual.

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